
Arenas minúsculas acariciaban aquel cuerpo aletargado por la ponzoña de la rastrera blanca. El sol mayor brillaba en su esplendor máximo, poblando todo de intensos rojos, anaranjados y púrpuras. Su cabello era lo único oscuro que aportaba contraste a aquella luminosidad incandescente. La segunda estrella recién tomaba posesión del firmamento... ella, más humilde y pequeña, asomaba la punta de su lumbrera mientras se bañaba en un mar escarlata, amenazando pronto con salir tras la búsqueda del astro mayor, que como día tras día, al apenas despuntar el alba huía de su compañera.
La piel de la mujer había tomado matices violáceos... el veneno la mantenía inmóvil e incapaz de emitir un sonido. Sentía la lengua hinchada y adormecida, seca como las arenas que ahora la cobijaban. Pronto cruzaría el umbral, ya se había rendido a su suerte. Supuso que su varón aún se encontraría durmiendo en la caverna fresca y ni las olas más implacables lo despertarían del recuperador sueño. Ella se encontraba de espaldas, con su rostro hacia el cielo anaranjado cuando de pronto... una sombra masculina se le plantó de frente y la tomó presuroso entre sus brazos. Ella no podía abrir los ojos... creyó sentir la esencia azulina del fuerte varón que era su compañero. ¿Quién más que él podría merodear ese fin de mundo buscando soledad tan solo junto a ella?. La de los oscuros cabellos tenía los sentidos alterados producto de la toxina... intentaba abrir los ojos y veía una mirada azul completamente humedecida por un torrente salado que emanaban aquellos luceros añiles.
Él corría veloz por las arenas... con ella en sus brazos. “Es fuerte” pensaba ella... “A pesar de ser azul es tan fuerte”. Sintió que cayeron un par de veces, pero él se volvía a levantar y continuaba su travesía por las doradas arenas. “¡No te mueras, por favor no te mueras!”, mascullaba él entre sudor y jadeos. “¡Sabes que moriría si tú me dejas... mujer necia!. No te rindas... ¡pelea!... por favor pelea. Sé tozuda, testaruda y bruta como siempre has sido... sé así ahora... por favor no me dejes... por favor, preciosa... no me abandones”.
Ella tan solo deseaba poder tener la fuerza suficiente para hablar y decirle que podía oírlo... que estaba luchando... que no moriría... porque confiaba en él... porque lo amaba. Deseaba tanto poder rodear su cuello y abrazarlo... pero era incapaz de ello... ni siquiera conseguía abrir los ojos.
El joven varón corría a trastabillones con la mujer entre sus brazos. Los soles de Arkantia habían bronceado su piel antes blanca. Ese lugar implacable lo había curtido y lo había hecho fuerte... tal y como debía ser para su señora.
Cuando él divisó la caverna respiró aliviado... ingresó abruptamente depositándola sobre la piedra fría y buscando con sus ojos índigos... a la curandera. La mujer enorme con piel de lobo no se hizo esperar y comenzó su proceso de hierbas y hierro candente para extirpar la ponzoña... el varón jamás soltó su mano mientras ella se retorcía de dolor... al mismo tiempo los carbones encendidos cumplían con su cometido... prometiendo profundas cicatrices. Él susurraba a su oído sortilegios de tierras lejanas y ajenas mientras los labios femeninos estallaban en sangre y el dolor escapaba por sus ojos de fuego. Intentó calmarla con los recuerdos de historias de infancia... donde los soles azules junto la niebla violácea envolvían a los heridos... y las aguas frías calmaban todo vestigio de tortura. Ella escuchaba... y sus palabras eran el bálsamo fresco que tanto anhelaba. Se prometió conocer junto a él aquellos parajes y dejar descansar por un tiempo las tierras escarlatas.

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