
Aprendí a jamás sucumbir... jamás caer.
Nunca, nunca en esos miles de años el trabajo fue arduo, en absoluto... hasta que vuestros ojos me atravesaron de lleno.
"Con él jamás, Emperatriz" Me encargó discretamente el anciano. De pronto sentí como mis ojos traicionaban a la razón. Sentía una pesadez en la boca del estómago y mis manos quedaron frías como testigos de lo ocurrido.En las noches no había descanso... la sierpe danzaba febril entre mis sueños delirantes y estertores noctámbulos.
¡Cuántas veces pasé por vuestro lado sin siquiera dirigiros la palabra!. Todos reían en vuestra cara... pensaban que mi odio por vos era certero. ¡Hombres necios!, cómo no erais capaces de ver lo evidente. Moría por ser tocada por aquella voz de susurro. Vuestros ojos como una saeta, atravesándome a lo lejos. Ignorabais todo... ¿Nunca imaginasteis que mis dedos rozando accidentalmente vuestra armadura de argento era tan solo otro modo de expresarme?.
"Emperatriz", me llamasteis un amanecer. Vuestro mentón estaba pegado al pecho y los ojos incrustados en las botas de plata. Vuestro talante solo delataba el profundo respeto que sentíais por mí. "Deseo pediros instrucción... si vuestra merced puede ayudarme".
"Habla", os respondí seca y sin atreverme a despegar los ojos de mi libro.
"Necesito ayuda con el arco y la flecha, mi Señora", solicitasteis humildemente.
"Esos menesteres son de Anya. Ella os será más útil que yo", respondí sin jamás dejar de fingir que leía.
"Perdóneme, mi Señora, pero ella me orientó a que hablase con vuestra merced. Me explicó que ahora ella está encargada de instruir a los infantes y no tiene tiempo para este servidor
"No pude evitar sentir júbilo. Mi educación de milenios, mis más adustas disciplinas podían irse ahora al quinto infierno.
"Mañana, al despuntar el alba del primer sol", Y con una sonrisa triunfal os retirasteis saludando al frente con la diestra, mientras que con la anterior hacíais el símbolo de la Estrella.
Esa noche, soñé que deslizabais hábiles dedos por los dorados hilos del lustroso arco. Ensartabais una flecha a la perfección, pero no teníais la destreza para tensar el arco del modo adecuado... vuestro tiro no alcanzaba la velocidad suficiente. Yo tomaba vuestra mano y aportaba la fuerza de la que vos careciais... mientras aspiraba el aroma a manzanilla de los cabellos húmedos y os explicaba al oído la técnica secreta para lograr la fuerza deseada. Girasteis el rostro de armiño buscando mis ojos... me atreví a enfrentaros. "No puedo continuar", confesabais."¿Por qué no?", pregunté burlona."Porque vuestra merced despierta en mí, cosas que están sancionadas. Cosas por las cuales sería condenado a la Torre Eterna", avergonzado, vuestros ojos descendieron al más bajo suelo."¿Temeis la condena, o temeis al sentimiento?", interrogué."Jamás a la condena, mi Señora. Solo a vuestro glacial silencio", respondió.
Esa noche, soñe que enredaba mis dedos en suaves cabellos dorados y mi boca se perdía en las latitudes de vuestra piel de alabastro.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada