
Late... late la vida en mis venas. Late adormecida, como esperando el torrente que la lleve de vuelta a casa. Necesita afectos y está carente de lo certero. ¿Cuál será su camino, hacia donde la guiarán sus pasos?
Pude percibir de pronto el júbilo con el cual camino por las noches sin estrellas, esperando que la niebla sea esa boca de ensueño para que me bese completa, que cada partícula de bruma quede perpetua inserta en mi piel, como un tatuaje de agua aferrado a mi carne. Transparente como el velo que me ciñe cada hora crepuscular donde espero con el delirio danzando en mis pupilas. Espero la llegada de esa neblina mansa que aparece bamboleante, cimbreando su espesor blanco. Observo hacia el mar y por fin logro verle, se desliza sublime por el oleaje y lo roza con el intenso carmesí de su silencio. Los celos no me aturden, soy cómplice del océano, sonrío satisfecha ante el contacto sordo de las bocas en secreto.
Llegará pronto, puedo percibirlo. Ahora se escabulle a través de los otoñales sepulcros del camposanto porteño. Consigo arrastra hojas, tierra, ira y sangre. El vértigo se apodera de mi aliento, me precipito hacia aquella sustancia que anhelo, late la vida en mis venas con más ahínco, desciendo llena de arrebato para reconocerlo entre una multitud de cuerpos que han expirado lo que yo emano a borbotones como albos fluidos transparentes. Necesita mi escarlata vida para poder así seguir viviendo, hasta que Luzbel se decida por fin a abrirle las puertas del tártaro; todo ingreso está vedado para la niebla. Malditos mortales de sucia alcurnia, vosotros y sus absurdas represiones celestiales dejan en jaque el soplo divino de este cuerpo marchito y perenne, cansado de errar sin que ningún regazo se encuentre presto a cobijarlo en el dulce vaivén del lecho matutino de pechos sonrosados. Céfiro exquisito de mis más tibias oscuridades.
En el camino pude advertir que aguardarías por mí con dagas y navajas, para así extraer con limpios cortes los zafiros de mi primavera, ¡Cómo no entregaros todo, ocaso invernal, celeste averno de mis más taciturnas noches!. Has llegado a encontrarme. Te vislumbro espigado; con el rostro duro y curtido por los siglos de ausencia y tu hermosa piel morena a palidecido enormemente desde la última vez que pude iluminarte. A cambio de que te bebas las granadas de mi llama, tan solo deseo ser presa del salvaje delirio, del frenesí inagotable que todas las noches me brindas en esas níveas formas de rocío poniente.
Entrégame la ponzoña, el portal de la demencia, la única que me permite entregaros esta existencia en rojo para que tan solo… fluyas a través de mí.
Descansa en mi regazo dulce amado mío, que pronto llegará el ocaso de los Dioses.

1 comentario:
Muy bueno el dibujo inicial de la guerrera!
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