
(Poema de Teresa Wilms Montt,escrito en Madrid en 1919)
Mi alma, celeste columna de humo, se eleva haciala bóveda azul.
Levantados en imploración mis brazos, forman la puerta de alabastro de un templo.
Mis ojos extáticos, fijos en el misterio, son dos lámparas de zafiro en cuyo fondo arde el amor divino.
Una sombra pasa eclipsando mi oración, es una sombra de oro empenachado de llamas alocadas.
Sombra hermosa que sonríe oblicua, acariciando los sedosos bucles de larga cabellera luminosa.
Es una sombra que mira con un mirar de abismo, en cuyo borde se abren flores rojas de pecado.
Se llama Belzebuth, me lo ha susurrado en la cavidad de la oreja, produciéndome calor y frío.
Se han helado mis labios. Mi corazón se ha vuelto rojo de rubí y un ardor de fragua me quema el pecho.
Belzebuth. Ha pasado Belzebuth, desviando mi oración azul hacia la negrura aterciopelada de su alma rebelde.
Los pilares de mis brazos se han vuelto humanos, pierden su forma vertical, extendiéndose con temblores de pasión.
Las lámparas de mis ojos destellan fulgores verdes encendidos de amor, culpables y queriendo ofrecerse a Dios; siguen ansiosos la sombra de oro envuelta en el torbellino refulgente de fuego eterno.
Belzebuth, arcángel del mal, por qué turbar el alma que se torna a Dios, el alma que había olvidado las fantásticas bellezas del pecado original.
Belzebuth, mi novio, mi perdición...
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Lo que no se ha dicho
“Hay en mi alma un pozo muerto, donde no se refleja el sol, y del que huyen los pájaros con terrores de virgen ante un misterio de cadáveres.
Mi alma es un palacio de piedra, donde habitan los ausentes, trayéndome la sombra de sus cuerpos para alivio y compañía de mi vida.
Mi alma es un campo desbastado donde el rayo quemó hasta las raíces, y donde no puede florecer ni el cardo.
Mi alma es una huérfana loca, que anda de tumba en tumba buscando el amor de los muertos.
Mi alma es una flecha de oro perdida en un charco de fango.
Mi alma, mi pobre alma, es una ciega que marcha a tientas sin apoyo y sin guía”.
Teresa Wilms Montt.