
¿Dices que debo mirar al otro lado del espejo?.
¿Para qué?... si ya nada me queda.
Hace dos noches que no viene... a veces creo que es peor. Concilio el sueño entre saltos y vigilias, temiendo que en cualquier segundo de descuido él ingrese y me tome como su botín de guerra.
Desde la mezquina ventana puedo ver un pequeño jardín privado... los chacales no deambulan hace semanas, pero el Mestizo de los Ojos de Fuego ha redoblado la cantidad de guardias... mis ojos recorren los parajes intentando ignorar las armaduras brillantes y las altivas lanzas. Intento perderme en ese horizonte de lomas doradas... viajo junto con las arenas en movimiento infinito... galopo al viento y me confundo con el paraje de ensueño.
He oído risas de niños en el jardín... juegan en tu paraíso ignorando completamente todo lo que has mutilado para construir esta mentira. Tu esposa luce increíblemente feliz contigo. Me pregunto si será idiota o le lavaste el cerebro como siempre lo hiciste conmigo... maldito conjuro de raza podrida.
"¿Se encuentra bien, Emperatriz?".
Despierto del ensueño y aparezco nuevamente dentro de mi prisión junto con el guardián elegido...sus palabras me saben a líquido... su mirada azul me refresca... calman mi ira y mi odio."Estoy bien, gracias" respondo con unas ganas agobiantes de enterrar mi rostro en su pecho y de aspirar su aroma de hojas en otoño.
Me voy a dormir en silencio... cubro mi cuerpo delgado y plagado de llagas. las costillas se me asoman... luzco peor que una esclava. Increíblemente no deseo que él me vea en esas condiciones.
Cuando cierro los ojos y han pasado unas horas... él se acerca sigiloso. Me mira en silencio mientras cree que duermo. A veces se ha atrevido a acariciar mi rostro o ha tomado mi mano mientras deposita en ella un beso callado. Apenas siento el toque de su boca... labios de algodón... más suaves que la seda. Hago un sutil movimiento y con eso es suficiente para que deje caer mi mano y huya a su silla en lo más oscuro de la habitación.
Cuando despierto... lo veo sentado, mirándome... con el mentón apoyado en el respaldo de la silla. Su rostro delataba enojo."Ha anunciado que vendrá esta noche, Señora". Me dijiste con secas palabras.
"Que venga si lo desea... lo estaré esperando como siempre lo hago" Espeté llena de ira. Sentí como la sangre me subía al rostro y la furia rutilaba en mis ojos.
"Venga, la ayudaré a lavar sus heridas y a vestir ropa seca que han dejado las sirvientas". Me dijiste."No me trates como a una inválida, ¡maldita sea!. ¡No me trates como si yo te importara!... solo sigue cumpliendo con tus funciones de asqueroso lacayo y déjame en paz. ¡Nadie te pide que hagas esto!". Escupí furiosa... mi pecho subía y bajaba... tan solo deseaba tener tu cuello entre mis manos.
Me observaste de soslayo... bajaste la mirada. Pude ver en tus gestos que estabas tan furioso como yo... pero tus matices azulinos te brindaban la calma de la cual siempre he carecido. También respirabas agitadamente... giraste tu rostro y me gritaste: "¿Acaso eres tan idiota y no te das cuenta que todo esto lo hago con el único fin de estar cerca de ti?". Me mirabas con los ojos hechos agua... y con la humillación estampada en tu fresco talante.
Todo eso me cayó como un balde de agua fría... me esperaba cualquier cosa... menos la respuesta aquella.
Soltaste las ropas limpias que estaban destinadas a cubrirme y te acercaste a mí... yo temblaba. "¿Qué acaso no lo ves?"... volviste a interrogar, mientras depositabas tras mi oreja un mechón rebelde de mi cabello.
El gesto me sobresaltó... nadie se atrevía a estar tan cerca de mí... no estaba acostumbrada al contacto. "Lu"... mi boca dejaba escapar tu nombre en un exhalo.
"Esta noche huiremos de aquí"... decidiste. "Antes de que él aparezca".
Quise no creerte... ¿para qué arriesgarse a hacer algo así?. Pero tus gestos eran tan determinantes, tan cargados de convicción, que ya no pude disimular más mi deseo de refugiarme entre tus brazos. Apenas te movías... me tenías tanto miedo que no hallabas cómo tocarme sin ser atrevido. Ya lo del mechón de cabello había sido una osadía... temías que no te permitiera otra. Sin más excusas entonces, me arrojé sobre tu pecho... y tú automáticamente me rodeaste en cálido abrazo. Aspiré tu aroma a floresta hasta quedar aturdida... lloré sobre tu pecho como nunca, jamás lo había hecho.
Jamás me soltaste... me dejaste vaciar todo en silencio mientras acariciabas mi cabello con visible deleite... "Siempre he amado tu cabello" me decías en susurros. Esa tarde, cuando el sol cayó... me tomaste entre tus brazos y juntos escapamos de la fortaleza del tiránico dios. Nos refugiamos en las catacumbas del desierto... que tan bien conocías. Y por primera vez en mucho tiempo pude conciliar el sueño. Descansé entre tus brazos, te cobijaste en mí cabello... refugiados por la noche y el silencio. Jamás podría haber pedido otra cosa.

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