
- Golpea el árbol – Espeté.
- No puedo, mi señora. ¡No me pida eso, por favor! –
- ¡Vamos maldito marica, golpea el árbol!.
- ¿Por qué, mi señora, por qué?.- Porque es parte de tu entrenamiento, ¡Idiota!.
- No puedo, señora – finalizó por fin el muchacho y se arrojó al suelo llorando como una criatura sin madre.
Aquel que yacía sobre la hierba era el frágil cuerpecito de un precioso varoncito azul. Tenía el hermoso cabello rubio desgarbado, apenas once años mortales rutilaban en esos ojos azul oscuro cuajados de líquido desolador. Su mirada reflejaba amargura... una amargura que podía ver cada vez que mis infantes me observaban preguntándose el por qué de mis cruentos actos.
Nadie imaginaría jamás lo que significaba para mí, entrenar a esos inocentes. Llenarles el alma de odio, ensuciarlos con mis despojos, curtirlos en fullerías, adobarlos en fiereza y brío, ensalzarlos en sudor y sangre. ¡Hasta cuándo, maldita sea!, tendríamos que huir del asqueroso bastardo que me había tocado por complemento. Hasta cuándo tendríamos que crear a estas abominaciones de la naturaleza, tan solo para que pudieran defenderse de las nauseabundas sierpes amarillas, de las torturas infinitamente más crueles que las nuestras, de las violaciones, del hambre, del frío, de la humillación, de la soledad y del dolor.
Creábamos unos monstruos, es cierto. Pero jamás encontré otra forma de supervivencia. Mi corazón se apretaba al ver a mis niños sufrir del único modo que conocía para volverlos indemnes del absoluto. Mis ojos se humedecían al mirar alrededor y ver a Anja a orillas del lago, con una pequeña que no debía tener más de nueve otoños mortales, sumergiéndola dentro del agua hasta que la chiquilla aleteaba inútilmente, intentando safarse del brazo de hierro de mi más despiadada amazona. Cuando Anja creía que eran sus últimos segundos antes del desmayo, la sacaba del agua y la pequeña llenaba sus pulmones desesperada, tragando agua y fluidos... tosiendo y vomitando. Debo confesar que sentí orgullo al escuchar de los amoratados labios de la pequeñita:
- ¡NADA TE DIRÉ, NADA. ASQUEROSA PERRA DEL AVERNO!
Orgullo escarlata. La muchacha era roja como la sangre que corría por mis venas y las de Anja. Pude percibir en el rostro de mi pupila una sutil sonrisa que delató el gozo que le produjo la respuesta de la pequeña.
Más allá estaba Lián, enseñando a los más pequeños a usar la espada. Kadeshi aportaba con el arco y flecha, Sushumi la lanza y escudo, Kinderah como buena hermana de Kadeshi, cooperaba con todos nosotros atendiendo a los que quedaban heridos.
No podía dilatar más el momento... no podía. Tomé al frágil pequeñito azul de los cabellos y lo halé hasta la orilla del lago. Lo sumergí en lo profundo mientras luchada dignamente para zafarse de mi fuerza.
- ¡¿Por qué debes patear el árbol?!.- ¡No lo sé! – Respondía el pequeño entre inhalaciones e indeseados tragos de agua.Volví a sumergirlo. Lo retiré mientras él aún luchaba.- ¡¿Por qué debes patear el árbol?!.
- ¡Piedad, mi señora... no lo sé!.
- Simple, criatura estúpida. ¡ Porque yo te lo estoy ordenando!.
Lo sumergí otra vez. Cuando lo retiré... ya no respiraba por su cuenta. Llamé inmediatamente a Kinderah mientras yo misma chupaba el agua de su nariz con mi boca. La dorada mujer me hizo a un lado bruscamente. Masajeó el pecho del pequeño mientras le introducía aire por la boca. Inmediatamente la sangre asomó por sus orificios nasales.
- Sus pulmones reventaron, Amalia. Ya nada puedo hacer.
- ¡No puede ser, maldita sea!. Respondí furiosa mientras sacudía el cuerpo del muchacho y la sangre me salpicaba la cara de azul. Todos mis niños se habían aglomerado alrededor, pero nada me importaba. Me arrojé sobre el pecho del pequeño sin poder ocultar más el torrente de furia y dolor que escapaba por mis ojos. Los Hijos del Silencio jamás habían visto llorar a su señora, nunca. En ningún momento me percaté de dónde demonios apareció Lu. Había llevado de expedición a algunos de los mayores, no teníamos noticias de ellos hacían tres lunas de fuego.
Sentí unas manos tibias tomarme por las muñecas. Vislumbré al fin esos ojos azules que me calman... que siempre me calman. Despacio me llevó hasta un claro, estábamos los dos solos, nadie más podía vernos.
- Haz lo que desees – Me dijo con voz serena.
Él estaba mirando al suelo... yo buscaba ansiosamente sus ojos... pero no me los mostró. Estaba llena de ira, mis ojos destilaban furia desmedida. Quise lanzarlo lejos, al mismo infierno, pero no pude. Solo pude golpearlo en el pecho como una mocita estúpida... no tenía fuerzas para ello... no tenía fuerzas para descargar mi furia, tenía fuerzas para nada que no fuese el llanto contenido por tantos años.
Él volvió a tomar mis muñecas muy despacio... me abrió los brazos y rodeó su cintura con ellos. Lu me cobijó en su pecho y me rodeó con sus bellos brazos mientras decía:
- Segunda vez que te permites el llanto. Deberías sentirte orgullosa.
Esa tarde lloré por todos mis niños perdidos en los brazos de Lu... y me prometí que vengaría su muerte cuando lograse atrapar y despanzurrar como un pez al nauseabundo Mestizo. Lo haría con mis propias manos... nada ni nadie podrían robarme ese placer.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada