miércoles 20 de febrero de 2008

Ra y Xastur


Eres como una sinfonía, ¿sabías eso?.

Dirigías tu orquesta majestuosa desde aquel faro dominante.

Aquella bruja te enseñó secretos artilugios para manipular el mar a vuestro antojo, las olas danzaban al compás de tus manos serviles, esas manos delicadas y delgadas, las cuales sin embargo estaban habitadas por rastros amarillentos y las uñas eran negras producto del oropel.

Yo dancé bajo tus olas… lo hice. Y fue como galopar una serpiente emplumada. Dancé bajo la cadencia de tu música palpitante y fuliginosa. Irascible como un arrebato, cuajada de poder y lujuria… aquella parte ambarina hervía bajo las escamas de fuego. Cuando salí a la superficie pude ver que lo dominabas todo… las nubes oscuras habían cubierto completamente aquel cielo rojo y la lluvia estalló impetuosa sobre los mares de Lev y todas sus criaturas.

El faro de Dammar era el tuyo… el faro más alto de muchos.

Llegué al anochecer… dormías cuando gotas de mar púrpura resbalaron de mis cabellos y empapé tu rostro. Luego te poseí húmeda, como siempre te había gustado que lo hiciera. Ese siempre era mi obsequio para ti… Ra envuelta en mar para Xastur… Ra oliendo a mar, a sal y a luna de fuego para el guardián del faro de Dammar. El guardián más hermoso de todos los mares de Solaris… Xastur, el único amor de Ra, la vieja ramera.

Tu cuarto siempre exhalaba el aroma solar de la primera estrella, tus cobijas olían a oropel, también tus cabellos. Debía marcharme antes de que llegaran los vigías a la primera inspección. Saltaba por el ventanal estrecho no sin antes besarte como si jamás fuese volver a verte. Bebía esa mixtura de sangre, lágrimas y magia prístina. Antes de tocar el agua ya mis piernas habían pasado a ser una hermosa cola de pez. Nadaba bajo los purpúreos mares aún con tu sabor en las branquias… sin saber si asistiría la salida de otro sol antes de yacer nuevamente sobre tu lecho.


Ra.

Diálogo


- ¿Por qué él y no otro, señorita? -


- ¿Por qué otro y no él?...


No lo sé, Lu. Carga con el delirio, con la prosa perturbada y cuajada de morbo. Jamás habrá paz a su lado, jamás calma. Serán eternos altos y bajos... noches en vela impregnada de temores y bocas coloreadas en carmín ponzoñozo. Un lecho de quimeras... amor en púrpura... cabalgatas en carne y sangre... sudor carmesí. Me pregunto de qué color lucirán sus ojos cuando se abandona. -


- ¿Nunca lo ha amado usted? -


- No. Temo volverme adicta, sé que todo en él es como una droga. Si no lo pruebo, jamás seré dependiente.


- No lo creo, señorita. Creo que si jamás se entrega, jamás sabrá de lo que se pierde -


- ¿Y no es mejor así, Lu? - El sonríe socarronamente... acababa de descubrir que aquella señorita estaba enamorada de un loco, pero ella era lo suficientemente cuerda como para no permitírselo. Quiso jugarle una broma.


- Usted teme entregarse, porque siente vergüenza que él sea un guardián del faro -


- Estás loco, guerrero azul. Jamás sentiría vergüenza de algo así, al contrario, hay que ser un gran valiente para ser un guardían del faro. Además... él recibió entrenamiento secreto de una dragón.


- Es cierto... la señora Ardat jamás permitiría esa clase de entrenamiento en un vasallo. Aún así ganó con honores la insignia del lobo en su pecho. Llegó a desafiar y ahora orgulloso carga con lo que alguna vez le perteneció a otro -


- Tú no comprendes, él está carcomido por el vicio, el ego. Él es totalmente lo que yo deseo, pero no lo que necesito. Ya basta, guerrero azul, deseo dejar esta conversación hasta acá por esta noche. -


- Como diga usted, señorita. Será hasta cuando usted me solicite. Buena noche. -

El Reino del Caos


Muerte, desolación, caos.

La tierra tiembla y parece rugir.

Guerreros caídos, madres muertas...

Pequeños bultos tibios en los brazos fallecidos...

frágiles cuerpecitos que hanPerdido los latidos.


No hay esperanza.

No logro vislumbrar el horizonte.

El futuro es oscuro, carente de vida.

Deseo morir junto con todo esto.

Ni todo el odio del cosmos vale por esta carnicería.


Mis pequeños yacen ahora en el Valle delOlvido.

La ponzoña impide traerlos de vuelta,

No soportarían el viaje.

Por ellos sigo viviendo...

Para recuperar el arma que purifica el veneno

De los muertos...

Por muchos conocida

Como “La Espada de Agua”.

Entrenamiento






- Golpea el árbol – Espeté.


- No puedo, mi señora. ¡No me pida eso, por favor! –


- ¡Vamos maldito marica, golpea el árbol!.


- ¿Por qué, mi señora, por qué?.- Porque es parte de tu entrenamiento, ¡Idiota!.


- No puedo, señora – finalizó por fin el muchacho y se arrojó al suelo llorando como una criatura sin madre.


Aquel que yacía sobre la hierba era el frágil cuerpecito de un precioso varoncito azul. Tenía el hermoso cabello rubio desgarbado, apenas once años mortales rutilaban en esos ojos azul oscuro cuajados de líquido desolador. Su mirada reflejaba amargura... una amargura que podía ver cada vez que mis infantes me observaban preguntándose el por qué de mis cruentos actos.

Nadie imaginaría jamás lo que significaba para mí, entrenar a esos inocentes. Llenarles el alma de odio, ensuciarlos con mis despojos, curtirlos en fullerías, adobarlos en fiereza y brío, ensalzarlos en sudor y sangre. ¡Hasta cuándo, maldita sea!, tendríamos que huir del asqueroso bastardo que me había tocado por complemento. Hasta cuándo tendríamos que crear a estas abominaciones de la naturaleza, tan solo para que pudieran defenderse de las nauseabundas sierpes amarillas, de las torturas infinitamente más crueles que las nuestras, de las violaciones, del hambre, del frío, de la humillación, de la soledad y del dolor.

Creábamos unos monstruos, es cierto. Pero jamás encontré otra forma de supervivencia. Mi corazón se apretaba al ver a mis niños sufrir del único modo que conocía para volverlos indemnes del absoluto. Mis ojos se humedecían al mirar alrededor y ver a Anja a orillas del lago, con una pequeña que no debía tener más de nueve otoños mortales, sumergiéndola dentro del agua hasta que la chiquilla aleteaba inútilmente, intentando safarse del brazo de hierro de mi más despiadada amazona. Cuando Anja creía que eran sus últimos segundos antes del desmayo, la sacaba del agua y la pequeña llenaba sus pulmones desesperada, tragando agua y fluidos... tosiendo y vomitando. Debo confesar que sentí orgullo al escuchar de los amoratados labios de la pequeñita:

- ¡NADA TE DIRÉ, NADA. ASQUEROSA PERRA DEL AVERNO!


Orgullo escarlata. La muchacha era roja como la sangre que corría por mis venas y las de Anja. Pude percibir en el rostro de mi pupila una sutil sonrisa que delató el gozo que le produjo la respuesta de la pequeña.

Más allá estaba Lián, enseñando a los más pequeños a usar la espada. Kadeshi aportaba con el arco y flecha, Sushumi la lanza y escudo, Kinderah como buena hermana de Kadeshi, cooperaba con todos nosotros atendiendo a los que quedaban heridos.

No podía dilatar más el momento... no podía. Tomé al frágil pequeñito azul de los cabellos y lo halé hasta la orilla del lago. Lo sumergí en lo profundo mientras luchada dignamente para zafarse de mi fuerza.

- ¡¿Por qué debes patear el árbol?!.- ¡No lo sé! – Respondía el pequeño entre inhalaciones e indeseados tragos de agua.Volví a sumergirlo. Lo retiré mientras él aún luchaba.- ¡¿Por qué debes patear el árbol?!.


- ¡Piedad, mi señora... no lo sé!.


- Simple, criatura estúpida. ¡ Porque yo te lo estoy ordenando!.


Lo sumergí otra vez. Cuando lo retiré... ya no respiraba por su cuenta. Llamé inmediatamente a Kinderah mientras yo misma chupaba el agua de su nariz con mi boca. La dorada mujer me hizo a un lado bruscamente. Masajeó el pecho del pequeño mientras le introducía aire por la boca. Inmediatamente la sangre asomó por sus orificios nasales.


- Sus pulmones reventaron, Amalia. Ya nada puedo hacer.


- ¡No puede ser, maldita sea!. Respondí furiosa mientras sacudía el cuerpo del muchacho y la sangre me salpicaba la cara de azul. Todos mis niños se habían aglomerado alrededor, pero nada me importaba. Me arrojé sobre el pecho del pequeño sin poder ocultar más el torrente de furia y dolor que escapaba por mis ojos. Los Hijos del Silencio jamás habían visto llorar a su señora, nunca. En ningún momento me percaté de dónde demonios apareció Lu. Había llevado de expedición a algunos de los mayores, no teníamos noticias de ellos hacían tres lunas de fuego.


Sentí unas manos tibias tomarme por las muñecas. Vislumbré al fin esos ojos azules que me calman... que siempre me calman. Despacio me llevó hasta un claro, estábamos los dos solos, nadie más podía vernos.


- Haz lo que desees – Me dijo con voz serena.


Él estaba mirando al suelo... yo buscaba ansiosamente sus ojos... pero no me los mostró. Estaba llena de ira, mis ojos destilaban furia desmedida. Quise lanzarlo lejos, al mismo infierno, pero no pude. Solo pude golpearlo en el pecho como una mocita estúpida... no tenía fuerzas para ello... no tenía fuerzas para descargar mi furia, tenía fuerzas para nada que no fuese el llanto contenido por tantos años.

Él volvió a tomar mis muñecas muy despacio... me abrió los brazos y rodeó su cintura con ellos. Lu me cobijó en su pecho y me rodeó con sus bellos brazos mientras decía:


- Segunda vez que te permites el llanto. Deberías sentirte orgullosa.


Esa tarde lloré por todos mis niños perdidos en los brazos de Lu... y me prometí que vengaría su muerte cuando lograse atrapar y despanzurrar como un pez al nauseabundo Mestizo. Lo haría con mis propias manos... nada ni nadie podrían robarme ese placer.

Memorias de Oriente


Iba ensimismada en mis pensamientos más profundos... manos entrelazadas... cabeza gacha contemplando mis pasos. La túnica modesta y enlutada barría con el verde follaje, húmedo de rocío brumoso. El templo yacía a mis espaldas... el maestro aguardaba pacientemente a los forasteros que gustaban de conocer un poco más sobre nuestra cultura y enseñanzas. Yo no gustaba de ellos... toda su contaminación me asqueaba. Cada vez que venían el maestro sabía que yo prefería retirarme a la soledad de los bosques... y él siempre generoso me lo permitía.


No sé cómo mis pasos llegaron de vuelta al templo. Caminé entre la floresta milenaria, mojé mis manos en las cristalinas aguas del río... me permití el placer de enterrar la nariz en la humedad de la tierra y respirar... henchida de gozo. Incluso el viento me tomó de la cintura y danzamos juntos las melodías de la floresta... no sé cómo abruptamente llegué a las puertas del templo... y pude verte.


"Shiotzu... él es Luán" Dijo el maestro apenas vio aproximarme.

Me incliné como siempre. Hiciste lo propio.


"Luán... Shiotzu le mostrará su lugar de descanso. Shiotzu, guíe a nuestro nuevo aprendiz, por favor"En silencio guié al joven por los pasillos infinitos hasta el único refugio que había disponible. Quisiste hablarme pero fugazmente huí de tus palabras... necesitaba dialogar con el maestro.


"¿Por qué él, maestro?. Es occidental y tiene mucha edad para ingresar al templo"


"Debe ser más joven que usted.. mi querida discípula. Tiene un don que debe ser escuchado... y yo no cierro las puertas de nuestro templo al que está deseoso y ávido de aprender" - Me respondió sabiamente.


"¡Pero es de occidente!" - Espeté otra vez.


"¿Y cree usted que por ser de occidente es nefasto?. Le recuerdo que usted es hembra y no la considero nefasta para nuestro templo. Haga memoria mi querida discípula... y recuerde el trato que recibió la primera vez que puso sus pies en este sitio. Las reacciones de todos los varones al saber que yo había permitido el ingreso a una mujer. Según ellos las mujeres no pueden aprender el arte de la guerra, del silencio, y de viajar en la grupa del viento. Usted en todos estos años ha sabido demostrar lo contrario y eso me enorgullece... mi venerable Shiotzu. Sea humilde y aplique lo aprendido a través de los años con este joven recién llegado"

Comprendí que el maestro tenía toda la razón del mundo. Cuando yo llegué al lugar estaba aterrorizada y solo mi deseo de aprender las artes me hizo lo suficientemente fuerte para no huir hasta lo que había sido mi hogar. Corrí hacia las cocinas y preparé un té para el recién llegado. Me acerqué con bandeja en mano hasta su refugio... lo vi guardando algunos objetos personales.


"Por favor reciba este té como una bienvenida" - Dije con los ojos en el suelo. - "Cuando llegué a este templo no fui bienvenida en un principio y me sentí muy sola. Espero ser buena compañía para usted".

Una sonrisa iluminó tu rostro. Sonreí... a la par contigo.

Reflejos


Esa noche aguardé fuera de Palacio por vos... hasta que el frío me obligó a buscar refugio nuevamente. Desde los ventanales de mi habitación... mantuve los ojos fijos en las laderas, expectante y silente a que apareciérais. Pasaban las horas y tu presencia no asomaba por los verdes prados. La niebla esa noche era tan densa... que con gran esfuerzo impregné mis ojos de tu esencia para poder adivinarte descendiendo por los riscos.
No llegabas. Pasaban las horas veloces y no aparecíais.
Entonces, cerré mis ojos para pensar con claridad... y de lejos me pediste que observara en el espejo.
Hermoso espejo ovalado... aquel que tantas veces me regaló tu presencia en aquella majestuosa y solitaria habitación. Me planté frente a él espectante y llena de temores. Aguardé a que las sutiles flamas de las velas me entregasen las tan ansiadas noticias de vuestro paradero. Mientras respiraba a bocanadas profundas... mi pecho de pronto quedó suspendido y mis ojos estupefactamente abiertos: Pude ver cómo huías sobre un caballo... pude observar como te perseguía él. Lo supe todo de inmediato... sabía que debía encontrarte y darte refugio en Palacio... porque él jamás sospecharía que yo podría habitar en ese asqueroso y burgués sitio sin sentirme morir.
Salí veloz del cuarto aquel... descendí rauda las escaleras de mármol y tomé una de las capas de viaje de la servidumbre. Yo misma corrí hasta las caballerizas y tomé a la hermosa Nemashtá... dorada como las arenas del desierto. Juntas cabalgamos al trueno... hasta llegar al bosque y encontrarte a pasos del árbol majestuoso con una estocada en la ingle y completamente solo. Revisé los parajes cercanos pero no lo encontré... al parecer él te había dado por muerto. Acerqué mi rostro y pude comprobar que aún respirábais. Era muy débil pero aún estábais vivo. Despejé vuestro rostro de la negra cabellera y revisé aquellos ojos nocturnos para comprobar si aún dilataba la pupila. Con esfuerzos logré colocaros sobre la montura y escapé a palacio mientras la lluvia nos mojaba hasta las entrañas.
Esa noche la fiebre hacía arder vuestra frente... la mujer del cabello rojo me decía que mientras eso fuese así... teníais esperanza de salvaros. La mujer preparaba su mezcla de hierbas mientras yo intentaba mantener a raya vuestra fiebre con paños fríos embebidos en nieve.
Fueron varias noches en vigilia... donde la pelirroja aplicó pacientemente su menjunje de hierbas, limpió la herida, me pidió que cantara para vos melodías que os trajesen bellos recuerdos en mejores días... y finalmente cosió la llaga.
Despertaste esa misma tarde... yo rendida reposaba mi torso sobre el lecho, mientras que el resto de mí yacía sobre cálida madera caoba. Tocaste mi mano y lo primero que veo al levantar el rostro son tus ojos oscuros deviolviéndome una sonrisa arrebolada. Acto siguiente; observo hacia mi derecha buscando a la mujer del pelo rojo porque deseo agradecerle... pero no la encuentro. Solo percibo nuestra imagen reflejada en el espejo... vos sentado sobre el lecho con los lisos y oscuros cabellos cayendo a la altura del pecho. Yo sentada en el suelo e inclinada sobre vos... con ancha trenza castaña abrazando mi espalda y familiares ojos zarcos clavándome la urgente pupila, desentrañando el misterio que habita al otro lado del espejo... vos buscándote en mi... y yo recorriéndome en vos.